Una vuelta al mundo en busca de clavo

Una vuelta al mundo en busca de clavo
R.C.

500 años después del inicio de la expedición de Magallanes y Elcano, aquel viaje en búsqueda del disfrute culinario sirve de nuevo como inspiración gastronómica

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

En la verde isla de Ternate (Indonesia), muy cerca del volcán Gamalama, hay un árbol con nombre propio. Seco, pelado y cercado por un pequeño muro, resulta una anomalía entre la exuberante vegetación tropical que le rodea. Se llama Afo y es el clavero más viejo del mundo, una reliquia vegetal nacida hace unos 400 años. En ese momento y después de muchas idas y venidas, acuerdos y desacuerdos geopolíticos, los españoles acababan de capturar el fuerte de la isla y su capital se denominaba Nuestra Señora del Rosario de Terrenate. Y todo por el fruto de aquel árbol.

Afo no estaba allí aún, pero en noviembre del año 1522 sus ancestros fueron testigos mudos de la llegada al puerto de la nao Trinidad, la nave capitana de la expedición de Magallanes. Se hundió allí mismo, la pobre, cuando los portugueses que la habían apresado intentaron descargar las toneladas de clavo que guardaba en su bodega. Dos meses antes, el 8 de septiembre de aquel mismo 1522, dieciocho hombres famélicos, enfermos y desdentados habían llegado a Sevilla después de dar la vuelta al mundo. Juan Sebastián Elcano (1476-1526) y su tripulación volvieron a España con la nao Victoria cargada de unos 28.000 kilos de clavo de olor, habiendo dejado atrás un capitán general -Fernando de Magallanes- acribillado en Mactán, tres años de penurias, cuatro barcos y más de doscientos compañeros. Entre ellos los de la Trinidad, que después de haber intentado volver a casa atravesando de nuevo el Pacífico (la ruta contraria a la elegida por Elcano) fueron prendidos por los portugueses, maltratados y encarcelados. Sólo cuatro de ellos lograron regresar a España, varios años más tarde que los héroes de la nao Victoria y con bastante menos gloria. El jerezano Ginés de Mafra (1493-1546), marinero y cronista de la Trinidad, relató su épico viaje y es junto al italiano Antonio Pigafetta, el griego Francisco Albo, el pacense Hernando de Bustamante o el burgalés Gonzalo Gómez de Espinosa uno de los testimonios directos que conocemos sobre cómo fue aquella aventura iniciada hace 500 años en busca de clavo y que de paso hizo algo nunca visto: circunnavegar el globo.

¿Cuál fue la última vez que usaron ustedes clavo para cocinar? Piénsenlo bien. Quizás fuera para cocer unos callos, o en un guiso de rabo de toro. O quizás ni en una cosa ni en la otra, porque el sabor del clavo de olor cada vez nos resulta más ajeno y una vez olvidada la ilustre tradición de pincharlos en los asados o en la cebolla del caldo, parece que esta especia se ha quedado para vestir santos, curries y galletas navideñas.

Y sin embargo, el Syzygium aromaticum fue una de las mercaderías más apreciadas tanto en España como en Europa durante la Edad Media, ingrediente básico de multitud de platos y objeto de deseo capaz de desencadenar una de las mayores hazañas de la humanidad, esa primera vuelta al mundo de la que se cumple ahora el quinto centenario. Fernando de Magallanes no quería rodear la Tierra porque sí, por puro afán de protagonismo u honores -que también-. Cuando presentó a Carlos I su propuesta, la idea principal no era protagonizar una gesta de exploración sino abrir una ruta comercial directa a la fuente de las especias, el Maluco (islas Molucas, Indonesia). Por entonces sonaba fuertemente el rumor de que Portugal había llegado a la mítica Especiería, un archipiélago casi mágico del que provenían el clavo y la nuez moscada. Efectivamente, los lusos habían arribado a Ternate en 1512 navegando hacia Oriente, pero la corona española tenía la esperanza de que se pudiera ir hasta allí igualmente por el otro lado. Eso significaría no romper los términos del Tratado de Tordesillas, que en 1494 había establecido un meridiano de demarcación a través del Atlántico repartiendo las zonas de navegación y posibles conquistas de España y Portugal. Los Reyes Católicos se habían comprometido a no enviar expediciones al territorio jurisdiccional portugués, al este de una línea trazada a 370 leguas de Cabo Verde, pero en teoría nada impedía que España intentara llegar al Maluco navegando hacia Occidente. Si la Tierra era redonda, aquellas islas deseadas debían estar al otro lado de América, en el 'mar del Sur' avistado por Vasco Núñez de Balboa en 1513.

Especiería

Así, esperando hallar la fuente del clavo o girofle (también llamado jirofré o girofe, del latín garyophyllon) se montó la gran «expedición al descubrimiento de la Especiería» bajo el mando del portugués Magallanes. La empresa fue culminada por el guipuzcoano Elcano, que fue quien volvió a Sevilla habiendo «descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo», pero también quien consiguió llevar dos naos a Tidore, en las soñadas Molucas, y cargar allí cientos de quintales de clavo. También trajo muestras de sándalo, jengibre, macis, nuez moscada y pimienta, tal y como contó en su carta al emperador. Más de mil días de viaje hechos para conseguir un ingrediente al que ahora, cinco siglos después, no prestamos atención.

La histórica proeza de Elcano demostró que el mundo era abarcable, marcó el inicio de la globalización intercontinental, abrió horizontes mentales, comerciales y culinarios y descubrió de paso nuevos sabores como el plátano o el coco. Será el hilo conductor del congreso San Sebastián Gastronomika 2019, que comienza este domingo 6 de octubre y donde el clavo de olor volverá a ser protagonista de los fogones.

Afo, el árbol de Ternate, sigue en pie como testimonio de la era de los descubrimientos y de la guerra por las especias. Sobrevivió a los portugueses, a los españoles y a los holandeses y fue el padre de todos los claveros de Zanzibar y Seychelles, acabando así, irónicamente, con el monopolio de las Molucas sobre el clavo.