El primer plato combinado fue amarillo

Un grupo de clientas toma un plato combinado, llamado en los años 20 y 30 'plato amarillo'. /
Un grupo de clientas toma un plato combinado, llamado en los años 20 y 30 'plato amarillo'.

'Yellow Plate' fue el nombre del novedoso sistema que, inspirado por los restaurantes norteamericanos y justo antes de la Guerra Civil, juntó en Madrid un menú entero en un solo plato

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

La amarillenta estampa de unos huevos fritos con patatas, croquetas y ensalada nos mira desde el escaparate de un bar de carretera. El plato combinado, tótum revolútum gastronómico por excelencia, vive los pocos días de gloria que le quedan durante la operación retorno, consumido con desgana por gente con pocas ganas de volver a la rutina. En ese momento el plato combinado vuelve a reinar como lo que fue, una estrella de la hostelería capaz de reunir en un mismo plato entremeses, primero, segundo, pan, postre y café. Ésa fue la esencia con la que nació este fabuloso todo-en-uno, y no la de encarnar un revoltijo de fritangas o un saldo con sobras de tercera gama, que desgraciadamente es en lo que el tiempo le ha convertido.

Si se les ha ocurrido alguna vez buscar cuándo y dónde surgió el plato combinado, internet les habrá brindado una respuesta muy concreta: el 1 de junio de 1965 y en todo el territorio nacional. En esa fecha entró en vigor la Ordenación Turística de Restaurantes y Cafeterías, una ley promovida por el Ministerio de Información y Turismo (con Manuel Fraga al timón) que reguló los precios y la oferta de los establecimientos hosteleros.

En esta ordenación se habló por primera vez y de manera oficial del 'menú turístico' que deberían ofrecer a partir de entonces los restaurantes, lo que usted y todo hijo de vecino conoce ahora como 'menú del día' (denominación que recibió en 1970) y que también viviría una tercera etapa desde 1978 como 'menú de la casa'. Como es lógico, semejante institución nacional merecerá aquí alguna vez una página -¡o más!- para sí sola, pero lo que nos interesa hoy es que aquel 1 de junio del 65 se obligó también a las cafeterías a disponer de un 'menú combinado turístico' que, dependiendo de la categoría del local, costaría como mucho 50, 60 u 80 pesetas y que debía incluir un alimento base como huevos, carne o pescado, además de «80 gramos de pan, un postre o café y un cuarto de litro de vino común del país puro, limpio, franco de paladar y con una graduación alcohólica no inferior a 12 grados». Todo esto es cierto, pero también lo es que el plato combinado existió mucho antes de que la legislación se metiera por medio, como expresión concreta (se encuentra en muchos anuncios de bares de los años 40) y como concepto. El propósito de juntar los elementos de un menú completo en un solo plato estuvo íntimamente asociado al aciago 'plato único' de la Guerra Civil -también hablaremos de él otro día, no sufran- e incluso triunfó brevemente antes de la contienda, aunque con otro nombre: 'yellow plate'. Sí, así, en inglés.

«Por tres pesetas, todo incluido, puede usted tomar en menos de un cuarto de hora huevos, pescado y carne, servidos en un monumental plato con pan y vino». Así comenzaba un artículo titulado 'La vida rápida', publicado el 19 de abril de 1936 en la revista ilustrada 'Ahora' apenas tres meses antes de que comenzara la Guerra Civil. Puede que hoy en día esa frase de apertura no nos llame la atención, pero en 1936 desde luego que sí servía como gancho para la lectura. Tres pesetas era un precio módico para un menú completo, pero lo verdaderamente extraordinario de la oración estaba en la supuesta duración de la comida. ¡Menos de quince minutos!

Mientras que en la actualidad cada vez está más de moda tomarse el tiempo necesario para disfrutar y apreciar la buena mesa, en los años 20 y 30 hizo furor precisamente lo contrario. La velocidad fue signo de modernidad, de desarrollo tecnológico y de eficacia, así que ya fuese en el transporte, en la producción industrial o en la ingesta de alimentos, la rapidez se convirtió durante aquellas décadas en sello de calidad. Hacer cualquier cosa de forma veloz permitía aprovechar al máximo las horas del día; una cuestión importantísima para los que ya entonces habían asumido un frenético ritmo de vida, pero que a la mayoría de españoles les parecía aún una excentricidad. Quienes sufrían la fiebre de la velocidad eran los trabajadores urbanos que vivían lejos del centro o tenían dos empleos con poco tiempo para comer entre uno y otro. Ese tipo de consumidor, minoritario pero cada vez más interesante para los empresarios, fue el cliente objetivo de varios modelos de negocio implantados en la hostelería española durante los años 30. Los bares automáticos, las cafeterías americanas y los llamados 'restaurantes rápidos' importaron nuevos métodos de producción y servicio de los Estados Unidos y los adaptaron al público nacional.

Estilo americano

Así, por ejemplo, durante los primeros meses de 1936 aparecieron en prensa diversas referencias a un modernísimo sistema que permitía tomar una comida completa de forma barata, eficiente y rápida presentando todos los alimentos en una sola bandeja. Este procedimiento, «perfeccionado con arreglo a nuestras costumbres y adaptado a la especial psicología del consumidor español», se instauró en varios bares de estilo americano del centro de Madrid a los que acudían al mediodía hordas de oficinistas y en especial mujeres jóvenes empleadas en el comercio o la mecanografía. Junto a la barra, un cartel encabezado por las palabras 'yellow plate' (plato amarillo) anunciaba la oferta del día: siempre una ración de huevo, otra de carne y otra de pescado con dos bollos de pan y vino. ¿Y el nombre? Pues resulta que fue una adaptación de lo que los estadounidenses conocen desde finales del siglo XIX como blue-plate special (plato azul especial), una tradición de los diners o cafeterías americanas que constaba de plato principal con guarnición, postre y bebida servidos en una bandeja con divisiones que comenzó siendo de color azul. No he encontrado ninguna mención a que la vajilla fuese de color amarillo ni sé por qué en España se adoptó ese tono para bautizar a este protoplato combinado, pero la cosa es que el 'yellow plate' triunfó brevemente con tal denominación. Como dijo Ramón Gómez de la Serna en un artículo de enero de 1936, quizá todos los españoles acabaran aprendiendo inglés para pedir «¡un yelo pleit, pero con patatas fritas!».