ALGO SE MUEVE

PABLO GARCÍA-MANCHATENDENCIAS

Algo se mueve en la gastronomía de Logroño. Existen temblores tectónicos, cosas que pasan y que poco a poco irán sucediéndose con cierta visibilidad en los medios, en las calles, en los papeles. Pasan cosas que salen de la adormilada modernidad, que superan los lugares comunes, que marcan diferencias evidentes y ejemplares, cosas que suceden y que poco a poco irán sucediéndose. O eso espero.

Uno pasea por las calles, se asoma a las barras, se sienta en los restaurantes y en muchas ocasiones disfruta de la media normal que se espera de una ciudad como ésta, que ha de ser 'santo y seña' del buen comer. A veces me llevo chascos por la superabundancia de las obviedades, o porque pierdo las referencias espacio-temporales de los lugares que habitan en mi memoria y no sé si estoy en Logroño o Albacete, San Sebastián u Oviedo. Hay como un desapego circunstancial al espacio de donde nace la gula. Pero qué más da, me digo. Es el negocio amigos, y la concurrencia de propuestas libres hace que después el cliente tome su decisión de consumo.

Y en esa dispersión de ideas detecto un hilillo del que tiro con sumo gusto: siento una renovación, una pequeña hornada de nuevos cocineros-propietarios-emprendedores que busca algo más, algo diferente, algo con raíz de aquí pero con hojitas multicolores, con ideas que transitan por los recovecos de la cocina ilustrada para apostar por el sabor, por la elegancia, por un concepto irremediablemente hermanado con el vino, con los ojos puestos en el servicio, en el cliente, en el espacio donde se juega.

Hay precursores de antes, tipos que han sabido y saben hacerlo como dios en barras llenas de calidad, calidez e imaginación. Locales clásicos que hacen que la sorpresa sea la seguridad absoluta de lo que pides en un manjar, estos espacios son candidatos absolutos y firmes a ser patrimonio inmaterial de la humanidad. Dos raciones, de lo que sea que tenga que ser. Y entonces, como llovido del cielo, cae sobre la barra esa maravilla que sabe exactamente a lo que me esperaba. Lo he soñado y ahí está, igualito que cuando dormitaba en la quinta esfera.

Pero cerca, muy cerca de ahí, al lado del paraíso aparecen lugares que son como pequeños purgatorios. Mil, dos mil, tres mil propuestas en la barra. Uno no sabe por cuál de todas decidirse. Cuantas más posibilidades hay más complicado es acertar. Y pregunto: ¿Cuál me recomienda? -Están todos buenísimos, hechos al momento, producto natural, de aquí, de La Rioja.

Sonrío y escojo uno. Me lo llevo a la boca y me lo como con un vino. No está mal, qué coño, sabe rico. No me pregunten exactamente a qué me recuerda. Detecto arándanos, gominola, un poco de quesito de El Caserío, alguna nota balsámica y un recuerdo a foie.

Salgo del bar y sigo con mi peregrinación barística. Y pienso en alto y les digo a mis amigos: '¿Qué os ha parecido? Ninguno se atreve a hablar. 'Dilo tú, que chanelas más'. ¿No hablan por miedo o porque les ha gustado y no se atreven a decirlo? O quizás lo que quieren es que entremos a otro bar a seguir catando. No lo sé. Mis amigos son buena gente, gente honrada que les gusta comer y trasegar buenos vinos con conversaciones chulas. Y siempre me miran. ¿Dónde vamos? Esperan que cada día les descubra el río Paraná en Logroño. Aviso, algo se mueve por Logroño y no es un río.

 

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