AL HABLA CON JOSEP PLA

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

Con Josep Pla me sucede lo mimo que con Zidane. A veces creo en él y otras no tanto. Con los políticos me pasa lo contrario. Siempre desconfío, sean del color que sean. El desamor habita en esa relación desde tiempos inmemoriales. Pero volviendo a Pla, les confieso que no puedo dejar de releer 'Lo que hemos comido'. Decía el maestro ampurdanés, ya tan de vuelta de sus viajes en autobús, que «el lujo en el comer, como en todo, me deprime. Siempre he creído que la mesa es un elemento decisivo de sociabilidad y tolerancia. Nunca he sido partidario de las cocinas exóticas o de los platos de pueblos lejanos, remotos».

Cada una de estas frases da para un tratado. Yo no tengo ni espacio ni fondo de armario para hacer tratados, pero sí me gustaría comentarle al señor Pla, que imagino que andará paseando por Palafruguell o contemplando el horizonte de montañitas de Begur (que me permita la licencia), que el concepto de lujo en la cocina no solo significa beber Moët & Chandon y hartarse de Jamón Joselito, que es al que se refiere. Pronto entraremos en el tiempo de las tomatas bulbosas y feas. Pero de sabor insondable. Magnífico. ¿Puede haber mayor lujo que tomarlas por la tarde a la fresca con un poco de sal, aceite de oliva virgen extra y un vino? El lujo al que se refiere Pla es el impostado. El que tiene que ver con confundir valor y precio. Estoy de acuerdo con el maestro que la mesa es una isla de tolerancia y sociabilidad. Aunque también en la mesa se han cometido traiciones absolutas en torno a manjares. O las mesas familiares, volcánicas, extraterrestres, con esas punzadas entre el cochinillo y el rodaballo. La mesa puede ser una isla de amor o un campo de batalla descomunal. Bien lo sabe usted, don José, que amó sin decir que amaba, que vagó por esas calles de Barcelona perdiendo el tiempo entre señoritas más o menos amables y más o menos discretas. ¿Quién le pagaba los cafés? La tercera afirmación del autor del 'Cuaderno gris' es tan falsa como adecuada al tono que adquirió de payés ya cansado de la modernidad de sus juveniles andanzas parisinas, rusas y madrileñas. Adi Enberg fue su amor y nunca dijo nada. Las cocinas exóticas no le gustaban: «Prefiero comer con cuchara, tenedor y cuchillo, antes que con los dedos o con palillos». Seguro que sí, pero no le creo, porque de todo probó y todo lo contó. Lo que sucede es que ya estaba cansado de todo menos de escribir.