Y el flamenco le contó al Jerez

El sumiller de El Celler de Can Roca, Josep Roca./G. Navarro
El sumiller de El Celler de Can Roca, Josep Roca. / G. Navarro

El sumiller Josep Roca y el guitarrista Diego del Morao dialogaron en torno a este vino en el fin de fiesta de Reale Seguros Madrid Fusión

MIGUEL ÁNGEL ALFONSO Madrid

A Josep Roca, sumiller y hermano mediano de la saga familiar que pilota el Celler de Can Roca en Girona -con tres estrellas Michelin-, le tratan con cariño cada vez que sus zapatos hacen crujir el suelo de madera de las bodegas de Jerez. El Pitu, como lo apodan, ha ayudado a popularizar estos vinos desde su restaurante, en cuyas bodegas guarda más de 200 marcas de la denominación, que muestra a cada visitante. «Desde hace once años lo hemos mostrado a mucha gente de muchos lugares del mundo, desde allí hemos podido crear afición. Cuando explicas un vino de Jerez sabes que explicas un vino único, cargado de cultura, de mar, de sal y del flamenco de Diego del Morao», confiesa.

Debido a esta pasión, al Pitu lo eligieron para interpretar ayer a la voz del vino en un diálogo con el flamenco, cuyas cuerdas vocales fueron las de la guitarra del jerezano Diego del Morao en la ponencia 'Jerez entreverao', que sirvió como fin de fiesta de Madrid Fusión.

«El flamenco y el Jerez tienen una historia detrás de armonía fantástica. Hay una simbología de palos de flamenco y palos de Jerez que tienen una relación», explicaba Roca. De ahí que comparase el mosto joven de la uva con las Alegrías, el oloroso -«hedonismo puro»- con la soleá, o el palo cortado con la bulería, «que al ser de ida y vuelta ha ido variando con el tiempo».

Cada relato de Roca era contestado por uno de estos palos flamencos con el sonido de 'La Maestra', la última guitarra que encargó Paco de Lucía, que esta ocasión tañía Del Morao. Ambos han grabado un documental en el que explican este peculiar maridaje y que ya está disponible en las redes sociales.

El público tuvo la oportunidad de probar unas gotas de Trafalgar, un Jerez que los fundadores de González-Byass compraron el mismo año de la batalla. La experiencia de catar un vino estanco, que ya está condenado a su extinción, sobrecogió a los presentes. «No es cómodo, ni confortable. Eso es pasar la historia. Sabe a resina, a dureza, es como morder la madera salada de un vino pegado al vientre de esa bota -como se conoce a los barriles en la zona-. Un vino que arde en llamas. Es como besar la historia, o que la historia entre dentro de uno», recitó Roca.