DOÑA EMILIA

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

El otro día me acerqué a un pincho. Se me quedó mirando el camarero, amigo por supuesto, y me pidió que le hiciera una descripción poética. Que los periodistas de ahora sabemos más de escribir que de comer. No en mi nombre, le espeté. Yo no sé de ninguna de las dos cosas, puntualicé. Estamos instalados en la descripción detallada y rimbombante de las cosas del comer pero escasea el conocimiento tanto como sobreabunda el adjetivo. Se valora lo contingente pero sobrevolamos lo necesario y nos quedamos en palabras grotescas arrobados ante la supuesta arquitectura de unas pochas. Palabras mayores que describen simas.

La comida es la ciencia de la paciencia y de la repetición. Los argumentos sobre los restaurantes afloran comiendo en muchos sitios. La crítica buena, la real, la que sabe es un unicornio imposible de adivinar. Somos los periodistas vulgares los que nos hemos apoderado del relato, una de las palabras más gastronómicas que existen en la nueva dialéctica. ¡Pablo, descríbeme como tú sabes el pincho! Como si fuera un natural de Urdiales o un cante de Rocío Márquez. Y yo sonrío océanos como los Orinocos que lloró Monedero: «He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos», le dijo al déspota al que el Rey Emérito le mandó a esparragar cuando ni soñaba con la jubilación de hogaño. La cocina se hace cada día y la gramática descriptiva de la nueva modernidad me produce espasmos cuando releo los libros de los viejos maestros: «Las migas son un plato primitivo, ibérico y seguramente las comieron los que anduvieron a la greña con romanos y cartagineses». Así, sin estupideces se solazaba doña Emilia Pardo Bazán, tan naturalista como enamoradiza de Benito Pérez Galdós.

Amor ensimismado de veinte años de clandestinidad con las infidelidades de Doña Emilia. ¡Menuda era la señorona! Y eso que era capaz de reconocer «un error momentáneo de los sentidos, fruto de las circunstancias imprevistas». He ahí relato, la descripción sin ambages de esas circunstancias que nos hacen plegarnos a un plato de lentejas o ante una ensaimada casera. Doña Emilia tenía un punto esquizofrénico que la hacía irreverente y salvaje. Una especie de Oriana Fallaci casi un siglo antes. ¿Se la imaginan describiendo un pincho poéticamente a don Benito Pérez Galdós disculpándose de haberse ido con otro por un error momentáneo tras una imprevista circunstancia?