DIGRESIÓN, GULA Y NUTRICIÓN

DIGRESIÓN, GULA Y NUTRICIÓN

BENJAMÍN LANAUNCOMINO

Vivimos tiempos de una corrección social y política tan desmesurada y epidérmica que el ser parece haber perdido el combate contra el parecer. Lo importante no es la naturaleza del ente sino la imagen que consigue transmitir. Cada día nos separamos más de las enseñanzas de los clásicos que tanto filosofaron para poder alejarnos de las tinieblas. El presidente del Gobierno desea «felices fiestas de invierno» para no decir Navidad y marca perfil como si hubiera escrito el 'tuit' después de una tarde entera viendo capítulos de vikingos en el Netflix, o peor aún, como si uno de los señores asesores le hubiera medido el alcance del mismo para captar a alguna capa poblacional que se le escapa por la banda como un extremo izquierdo. Qué decir de la cantidad de leyes innecesarias de unos y otros, cargadas de simbolismo ideológico, y de las políticas de revisión y corrección de comportamientos y expresiones sociales que se imponen a machamartillo todas las semanas.

De momento, a los de esta secta que formamos los disfrutones irredentos y los plusmarquistas del paladar nos han dejado bastante en paz. Las huestes prohibicionistas han tenido otros caladeros más importantes, pero ya nos llegará nuestro San Martín y me temo que pronto. Hasta la fecha la cosa nos ha llegado en forma de recomendaciones. Que los niños no coman ni beban tanto azúcar, que rechacemos el alcohol -poniendo a cualquier matarratas destilado al mismo nivel que al vino más natural- y que optemos por los zumos de cosas verdes y los productos bio y eco. Así dicho suena medio responsable. La nutrición por delante de la gastronomía, la salud antes que el placer. Resulta difícil rechazar de pleno semejante planteamiento, incluso deberíamos aplaudir a todos aquellos que trabajan para que culinaria y alimentación sana puedan caminar de la mano. Los que dedican su tiempo para que los platos de verduras puedan ser tan deliciosos como el foie gras deben tener su reconocimiento así en la tierra como en el cielo.

Yo les confieso que me debato. No sé si declararme hedonista por si luego, cuando lleguen a por nosotros, revisan la hemeroteca, o si adelantarme directamente y crear un club secreto para masones del tenedor, con ceremonias de iniciación singulares como rebañar un plato con mucha salsa y bien de hogaza, santiguarse con unas gotitas de palo cortado o despellejar una liebre en presencia de los otros hermanos de secta.

No me malinterpreten. Yo no soy un ser excesivo. Pertenezco a la generación Tulipán, aquella de patios de colegio llenos de niños poco dada a los extremismos que mirábamos al cielo para ver si aterrizaba el helicóptero de la tele del que bajaba un presentador micrófono en ristre que decía a la cámara aquello de: «Tulipán, ni bocata de grasa ni merienda escasa», frase en la que se esconde todo un planteamiento de vida. Así que tampoco esperen que ahora me ponga a defender los excesos de 'La Grande Bouf fe', aquella película mítica de Marco Ferreri, con Rafael Azcona como coguionista, en la que cuatro amigos se reunían en una villa de París para comer hasta matarse. Ni vivo una situación de hastío vital como la de ellos ni creo en la exacerbación del placer por encima de todas las cosas. Yo me muevo entre el refocile gastronómico y la nutrición de precisión. En serio.

Recientemente me han hecho un estudio de ADN junto a otras once personas a partir del cual un cocinero de campanillas, nada más y nada menos que Mauro Colagreco, el argentino que triunfa en la Costa Azul y cuyo restaurante Mirazur ha sido elegido por los ingleses del 50Best como cuarto mejor restaurante del mundo, ha diseñado para mí un menú personalizado diferente al de los otros once compañeros con los que compartí mesa, atendiendo a mi riesgo genético de tener baja la vitamina B12 y el ácido fólico, y también a «mi sensibilidad superior a la media» a los sabores umami y amargo, principales conclusiones del análisis que el doctor Dotto hizo a partir de mi saliva. Resultó que la espuma de espinaca, yema y caviar, y el tortellini de sardina, caldo de tomate y rabo de toro que me sirvió me parecieron excelentes y encima me estaban haciendo más bien que una tortilla de aspirinas. Así que no me quedó otra que pensar que no todo está perdido y que la ciencia siempre aparece para echar una mano.

Cuando ya me había tranquilizado del todo me di cuenta que lo mismo que el conocimiento de mi ADN había servido para hacerme el bien también habría podido servir para fastidiarme y hacerme el mal en la salud y en el paladar. El día que se entere la clase política de las posibilidades de la nutrición de precisión vamos a pasarlo muy mal. A ver quién se come un triste pincho de tortilla fuera de casa. Aprovechen ahora que pueden. Luego quizás sea demasiado tarde.