COHERENCIA

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

Aveces me siento periodista gastronómico, aunque cuando tengo la oportunidad de departir y aprender de los grandes de la profesión me doy cuenta inmediatamente de mi torpeza y mediocridad. Eso sí, con el tiempo he ido descubriendo cosas: probando, aprendiendo y cultivando el paladar que es la mejor forma de ir desarrollando un pequeño armario de ideas y sensaciones; no de verdades ni de realidad únicas e indivisibles. La cocina de los cocineros es extremadamente profunda, compleja y larga. Un sencillo matiz mal incorporado pude derribar un platazo. Con Maribona aprendí en una inolvidable cena casi clandestina en Venta Moncalvillo la absoluta importancia de la coherencia en el trabajo de un cocinero. Es una palabra y un concepto manido hasta la náusea por cocineros y gabinetes de comunicación de chefs que redoblan el mismo mensaje hasta el infinito. ¿Cómo es posible encontrarse con similares claves gastronómicas en un restaurante de Bogotá o Sebastopol, en Alfaro o de Sanlúcar de Barrameda? Si eres coherente has de ser absolutamente rebelde con la uniformidad de los mensajes. ¿Cómo no va a trabajar un cocinero con género de temporada? ¡Es absurdo no buscar ingredientes sanos! Quizás ahora todo da lo mismo porque parece que sea más importante el hecho de comunicar lo que sea que comunicar algo. La clave es estar, que te vean para que te miren. Y no. La sensación abstracta pero tópica de los mensajes distorsionan la percepción de los lugares. La pregunta inmediata es cómo conseguir ser genuinos en un mundo en el que todos los caminos parecen estar mil veces transitados. La respuesta es cocinando bien, sirviendo bien, tratando bien a la gente. No es fácil vender el mensaje de la sencillez. ¿A qué aspiramos, a salir en una portada o a labrar el restaurante de aromas, sabores y amabilidad? La banalización de los mensajes, unida a la uniformización de los contenidos, hace que el lector y el objeto último de la propaganda desconfíe. Las redes sociales han funcionado como amplificadores de la mediocridad y de la falsa belleza de platos que no existen pero que salen en la foto como esos tomates neoyorkinos tan preciosos como vacíos de sabor. Me gustan las tomatas feas y abstractas, bulbosas e indescriptibles. Incoherentes con la geometría pero sabrosas como esos platos que me comí con Maribona.