De la cena monárquica al desayuno republicano

Imagen de las cocinas reales. :: r. c./
Imagen de las cocinas reales. :: r. c.

Ochenta y ocho años después de la proclamación de la Segunda República, recordamos cómo se vivió ese momento histórico en las cocinas del Palacio Real

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

En todos los grandes acontecimiento históricos han ocurrido cosas que entran en la Historia con mayúsculas y otras que pasan desapercibidas. Las primeras, llenas de nombres compuestos y serias ideas (guerra, revolución, pronunciamientos, otra guerra), acabamos conociéndolas a fuerza de memoria o de repetirlas como loros. De las segundas poca gente se ocupa y casi nadie se acuerda; son la suma de hechos menores, privados o silenciosos que ocurrieron a la vez que o a causa de lo supuestamente importante, pero que serían el desvelo de todos nosotros si nos encontrásemos en esa misma situación. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Qué pasará con nosotros? ¿Subirá el pan?

En el octogésimo octavo aniversario de la proclamación de la Segunda República que se cumple el 14 de abril, quiero hablarles de la historia en minúsculas y de lo que pasó hace 88 años en un lugar muy concreto: las Reales Cocinas del Palacio de Oriente, en Madrid. Algunos de ustedes quizás aprovecharán las vacaciones para visitar la capital y el fabuloso Palacio Real, en el que desde el año pasado se pueden ver las antiguas cocinas; desconozco si durante la visita guiada por las distintas salas del servicio culinario de palacio (2.000 metros cuadrados, casi 3.000 utensilios, antecocina, sala de fogones, cava, botillería...) se habla de aquel tempestuoso día de abril, pero ya les digo yo que valdría la pena. Porque España cenó monárquicamente y desayunó a lo republicano.

Siendo estrictos aquel giro se dio un día antes, cuando los españoles se despertaron con la noticia del triunfo de los partidos republicanos en las elecciones municipales del domingo 12 de abril. El lunes 13 hubo una reunión urgente del Consejo de Ministros con Alfonso XIII, a la vez que Miguel Maura y el comité revolucionario republicano-socialista pedía la abdicación del rey y la inmediata implantación del nuevo régimen. Al día siguiente se izó la bandera tricolor en Eibar, Vigo, Valencia, Barcelona y otras muchas localidades antes que en Madrid, donde hubo a lo largo de todo el día un tremendo trajín de manifestaciones, multitudes, emoción, miedo y planes secretos para sacar al rey del país.

Mientras los madrileños se congregaban en Cibeles, Puerta del Sol y plaza de Oriente y la familia real hacía las maletas, un grupo de personas empezó a preocuparse por cosas prácticas como si a partir del día siguiente tendrían trabajo o no. Los empleados de palacio, republicanos unos y acérrimos monárquicos otros, se pasaron encerrados 48 horas en sus dependencias por temor a que la turba frente a las puertas les atacara. Y a pesar de ello siguieron trabajando y siguieron cocinando.

El último menú

Así lo contaron varios de los extrabajadores de la cocina real en enero de 1936, en un extenso reportaje publicado por el diario 'Ahora'. Para entonces el Palacio había pasado de Real a ser Nacional y los turistas invadían sus salas igual que ahora, calmando la curiosidad que inspira el modo de vida de los ricos y poderosos. Para evocar las «grandezas y miserias de la culinaria palatina» se recurrió a antiguos empleados de la casa, cocineros que habían pasado a formar parte del plantel de hoteles y restaurantes privados o fueron reasignados a establecimientos del Patronato Nacional de Turismo.

Lo que cuentan no tienen desperdicio: el sistema de organización de la cocina, el férreo protocolo, las guardias de noche por si a la reina Victoria Eugenia se le antojaba un sándwich de pollo, los gustos de la familia real, las incursiones entre fogones de Alfonso XIII y los infantes, cómo a la reina le gustaba «jugar a guisar» y había siempre un mandil preparado para ella... Otro día les cotillearé todos estos pormenores, pero hoy lo que nos interesa son aquellos convulsos días de abril del 31. El resultado de las elecciones municipales sorprendió tanto a los trabajadores afines a la monarquía como a los republicanos, que también los había. «La noche del 13 fue de inquietud. El rey había hablado largamente con sus hombres de confianza y los señores se acostaron muy tarde, afuera los rumores eran muy negros», relataba un excocinero.

Desde fuera llegaba un ruido sordo, como el del mar, debido a la muchedumbre que arremolinada delante de las puertas clamaba por la salida del monarca. Dentro andaban todos muertos de miedo. «¿Qué hacen los reyes? ¿Qué hace el ejército? ¿Qué será de nosotros?», se preguntaban. Ese día la cena se pidió para las siete y media en vez de a las nueve, como era costumbre, y ese simple cambio de hora dio a entender al personal que aquella crisis no la arreglaba ni la chocolatera mastodóntica de Carlos III, usada históricamente para templar los ánimos -y el estómago- en momentos de angustia palaciega gracias a los 25 litros de chocolate que preparaba de una vez.

La cena volvió a las cocinas prácticamente intacta. Los reyes se habían reunido en el comedor familiar con sus hijos y sus colaboradores más cercanos, pero no probaron casi ningún plato del menú, que acabó siendo picoteado por los cocineros. Un rato después, el jefe de servicio entró en cocinas «demudado el color y enrojecidos los ojos» para avisar de que el rey se había ido en coche hasta Cartagena, donde esa misma madrugada cogió un barco rumbo a Francia. Al día siguiente le siguieron su esposa e hijos. Los cocineros se quedaron solos, fregando y esperando órdenes mientras el rumor del pueblo seguía subiendo en la plaza. «Noso-tros no éramos más que trabajadores, como ellos, que cobrábamos cuando trabajábamos a pesar de que lo hiciéramos en el Palacio Real». Al día siguiente fueron despedidos con quince días de sueldo extra, mientras un ayudante proclamaba su derecho a comerse un muslo de pollo y el ordenanza de la cava se lamentaba, pensando en quién se bebería las exquisitas botellas de la bodega.

La última comida de los reyes se quedó allí y el menú de la cena fue rescatado por algún leal que se lo llevó de recuerdo y lo compartió años después. Por si tienen ustedes curiosidad, aquella cena real del 14 de abril de 1931 consistió en consomé, medallones de merluza, supremas de pularda, solomillo frío con salsa raifort, espinacas a la crema y helado de moka. La historia encarnada en unas sobras.