Castelar, el gastrónomo insospechado

Emilio Castelar, caricaturizado en el libro 'Volanderas'. :: M. E. Pardo/
Emilio Castelar, caricaturizado en el libro 'Volanderas'. :: M. E. Pardo

El presidente de la Primera República fue un gran orador y también amante del buen comer, además de autor del famoso eslogan de Tío Pepe

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

El nombre de Emilio Castelar y Ripoll (1832-1899), les sonará a ustedes a historia, periodismo, oratoria y república. También a esos años convulsos, llenos de pronunciamientos y reyes destronados, que rigieron España desde la revolución de 1868 hasta la restauración borbónica en 1874. Una época confusa, esta del Sexenio Democrático, que parece que únicamente dominan los historiadores o los libros de texto de bachillerato pero que alumbró figuras y acontecimientos dignos de ser recordados hoy en día. También en el plano gastronómico, que es el que nos interesa a nosotros aquí. De don Emilio Castelar, líder de los republicanos y jefe de Estado entre septiembre de 1873 y enero de 1874, se suele destacar que fue un orador excepcional y un autor prolífico, pero no que fuera un refinado gastrónomo. Y vaya si lo fue. Su buen saque fue famoso en su tiempo y no pocos cantares le sacaron por ello.

Comensal habitual en las mesas más floridas de Madrid, solía ser en ellas el centro de atención por sus dotes para monopolizar la conversación pero sobre todo por el ingenio y expresividad con que contaba las cosas. Amigo de Cánovas del Castillo, José Castro y Serrano o Emilia Pardo Bazán, Castelar cautivaba a sus contertulios entre bocado y bocado. Ángel Muro, escritor gastronómico y conocido personal del político republicano, escribió en 1890 sobre la dieta de distintos líderes como Canalejas o Sagasta, detallando acerca de Castelar que «come mucho, pero mucho, y lo come bueno y bien, porque en su posición no cabe otra cosa. Bebe en proporción y no fuma. Cuando come, habla. Tiene pretensiones culinarias y no se le indigestan más que los discursos que no puede pronunciar». Se tildaban sus tragaderas de pantagruélicas -su oronda silueta no dejaba lugar a dudas- y sus gustos de demasiado exquisitos. En una ocasión hizo Castelar servir a su mesa treinta y tantos postres, regalo de correligionarios de diferentes puntos de España y exponentes de la riqueza gastronómica nacional, con tan mala pata que el dato salió publicado en prensa y varios periódicos le censuraron gravemente, como si el tomar muchos dulces fuese delito de lesa democracia. Aparte del dulce, lo que más le gustaba era el castizo cocido. En el libro 'Volanderas' (1895) del escritor venezolano Miguel Eduardo Pardo, hay un capítulo dedicado a la faceta gastrónoma de Castelar en el que se cuenta que «su mejor distracción consiste en confeccionar un menú que le dé quince y raya a los inventados por Lúculo». Más práctico que el célebre glotón romano, don Emilio comenzaba casi siempre su lista de platos «con uno eminentemente español: el cocido [...] Al ilustre tribuno le sabe a gloria el plato de rubios garbanzos aderezado con blancas pechugas de gallina, patatas tiernas y otros ingredientes substanciosos». En uno de sus numerosos discursos públicos, Castelar llegó a decir que lo más patriota del hombre es su estómago, y en 1917 su amiga Pardo Bazán recordó que también solía decir, que «hasta el arte, la elocuencia, todo lo bello, se hace, tanto como con el cerebro, con el estómago». Pero sin duda la gran aportación del señor Castelar al mundo de la gastronomía fue el invento del que ha sido uno de los eslóganes más populares de la publicidad española. ¿Les suena lo de 'Tío Pepe, sol de Andalucía embotellado'? Pues esa frase, ya mítica en el imaginario nacional, se la debemos al político gaditano. Nacido en Cádiz por accidente, por cierto, porque sus padres eran ambos alicantinos, se ve que el gusto por los vinos andaluces y en especial por el jerez le acompañó toda su vida.

El 23 de diciembre de 1875 y en relación a los productos nacionales que nos representarían en la Exposición Universal de Filadelfia (EE UU) de 1876, Castelar pronunció un discurso en el que habló de las materias que desde nuestro país importaban los americanos. Entre minerales, frutas, aceite o corcho y seguramente sin percatarse de que sus frases podrían pasar a la historia, dijo que los Estados Unidos se llevaban «los ardientes vinos que mezclan a la sangre de los hombres del Norte átomos del espléndido sol de Andalucía». Me van a decir ustedes ahora que esto está un poco traído por los pelos, pero la cuestión es que la metáfora cayó en gracia y, más importante aún, en manos de una persona que la redondearía y popularizaría. El ya mentado Ángel Muro Goiri (1839-1897) escribiría en 1892 un 'Diccionario general de cocina' en el que se referiría al vino de jerez como aquel «de quien dijo Castelar que estaba hecho con gotas de sol de Andalucía». De ahí al embotellado no quedaba nada y ese paso se produjo en 1894, año en el que salió a la venta una nueva obra de Muro, un auténtico recetario superventas titulado 'El practicón'. En su apéndice, y sobre el uso de los vinos de postres se puede leer que «sobre todos los conocidos y por conocer, el Jerez N. P. U. de González Byass y Cía, del que dice Castelar que es el sol de Andalucía embotellado». Es probable que el mismo Castelar, amigo del autor, hubiera adaptado la frase a su jerez favorito: el Non Plus Ultra, marca registrada por González Byass en 1888.

El concepto tomó vida propia y ya en 1898 fue usado, en una versión larga y poco afortunada, en la publicidad del Vermouth Champagne Santa Elena. Esta bebida elaborada en Jerez de la Frontera por la bodega de Cayetano del Pino se anunciaba como el vino que, según Castelar «está formado por gotas fundidas en el mismo Sol». La frase que verdaderamente triunfó fue la resumida, ese «sol de Andalucía embotellado» que a principios del siglo XX servía ya como sinónimo del vino de Jerez y que a partir de 1936 se convirtió en el eslogan mítico del fino Tío Pepe, antes incluso de que su botella se vistiera a lo flamenco. González Byass registró la frase en 1957, pero seguro que Castelar estaría encantado. Al fin y al cabo, si lo más patriota que tenemos es el estómago, qué hay mejor que el que unas palabras que den a conocer un vino español en todo el mundo.

 

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