Antiguos remedios culinarios contra los virus

La actual epidemia nos ha hecho volver los ojos a 1918, al terrible episodio de la gripe española y a la multitud de falsos antídotos

Anuncio de Bodegas Bilbaínas, publicado en prensa en octubre de 1918. / L.R.
Anuncio de Bodegas Bilbaínas, publicado en prensa en octubre de 1918. / L.R.
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Seguramente estén ustedes hartos de recibir, vía Whatsapp o redes sociales, vídeos y mensajes sobre el coronavirus. Ya sean apocalípticos, supuestamente informativos o incluso humorísticos, es posible que hayan echado una ojeada a todos sin saber a ciencia cierta —y nunca mejor dicho— cuáles son veraces o no, de cuáles fiarse y de cuáles no. Les cuento esto, saliéndome del guión gastrohistórico de esta sección y atreviéndome de paso a aburrirles, porque algunos de esos mensajes que recibimos son peligrosos. Por ejemplo, a mí me ha llegado un vídeo en el que un terapeuta farsante (no diré su nombre por no promocionarle) aconseja tomar una infusión diaria de cierta planta para prevenir el contagio de COVID-19 y cuatro en caso de haberlo contraído. Todo antes de decir que es una pandemia falsa, un timo de la OMS organizado para que los ciudadanos acepten vacunas con chips secretos ideados para controlarles.

Congratúlense en caso de no haber visto este bochornoso documento, pero hagan, hagan memoria. Por algún lado les habrá alcanzado la teoría conspiranoica de que el coronavirus es un arma biológica experimental o —ésta casi seguro— la de que el virus en cuestión no aguanta bien el calor y por tanto lo mejor es combatirlo con infusiones que suban la temperatura. Otra vez las dichosas infusiones. Deben de ser, así tan naturales y aparentemente light, reflejo de nuestro tiempo: una superchería floja que contrasta vivamente con las panaceas anunciadas hace un siglo, allá cuando la temible epidemia de gripe española. Los remedios caseros de entonces, en su mayoría alimenticios, fueron igual de ineficaces pero bastante más fuertes.

La pandemia de gripe de 1918, más conocida como 'gripe española' por aquello de señalar al mensajero (España, al contrario que los países involucrados en la Guerra Mundial, no censuró informaciones sobre esta enfermedad), mató al menos a 40 millones de personas en todo el mundo y duró, en diversas olas y con distintas intensidades, hasta dos años. Mucho se ha hablado en los últimos días sobre este episodio histórico, comparando las medidas tomadas hace 102 años con las actuales. Afortunadamente las cosas han cambiado mucho desde aquel terrible otoño de 1918 y las condiciones de higiene, salud y equipamiento sanitario no son comparables, pero resulta sintomático ver cómo entonces también hubo quien quiso vender supuestos remedios milagrosos y quienes se agarraron a ellos como a un clavo ardiendo.

Vino, limones y falsos elixires

Se calcula que hasta 8 millones de españoles se infectaron de «grippe infecciosa» en 1918 (entre ellos el rey Alfonso XIII) y que pudieron morir unos 300.000. A pesar de las campañas de información que sobre desinfección y hábitos básicos de higiene se llevaron a cabo en la prensa, infinidad de enfermos recurrieron por histeria o desesperación a fórmulas curativas falsas, a medio camino entre la superstición y la panacea fraudulenta. Se asombrarían ustedes, queridos lectores, si pasaran las páginas de cualquier periódico nacional de octubre de 1918. Entre avisos, decretos y esquelas aparecen sin ningún rubor anuncios que hoy estarían prohibidísimos, en los que cualquier producto prometía ser el remedio perfecto contra la plaga. Lejías, tónicos, jabones, pastillas y elixires estomacales o contra la fiebre se peleaban por llamar la atención del lector desesperado junto a artículos bastante menos profilácticos, como dentífricos o licores.

«Contra la grippe, ron Trinidad». «Vino Pinedo previene contra la gripe, pulmonías y tuberculosis». «La gripe se cura bebiendo con moderación oporto Delicia». O, yendo aún más allá, «Se enferma de grippe porque se quiere», eslogan que Bodegas Bilbaínas usó durante aquel fatídico mes para convencer de que lo mejor para evitar la enfermedad era beber no uno solo, sino tres de sus productos combinados: coñac Faro, Rioja Bodegas Bilbaínas y Champán Lumen. Se están llevando ustedes las manos a la cabeza, sí, pero aún no lo han visto todo. Para evitar la gripe lo mejor era el licor de menta Ricoles y directamente para curarlo, el coñac Barbier. La marca de café 'El Cafeto' prometía que terminando cada comida con una buena taza de ídem puro, no habría nada que temer. El aguardiente y cualquier tipo de alcohol se anunciaban como desinfectantes internos y tónicos revitalizantes, mientras que los limones desaparecían de las tiendas o se cobraban a precio de oro. ¿Por qué? Un bulo afirmó que un entorno de ph ácido mataba al virus y, por lo tanto, lo mejor era comer todo con limón, beber zumo de limón y untarse con limón.

La locura por los limones fue tal que se llegó a regular su precio y abastecimiento en algunos lugares del país, dando paso a nuevos remedios locos como la ingesta de ajos crudos. El 16 de octubre de 1918 una carta al director publicada en el periódico La Tarde (y luego replicada en otros medios) desató la obsesión por el ajo diciendo que «quien empiece a comer unos cuatro dientes de ajo crudos por día en 48 horas será curado». Mejor con un poquito de pan, aconsejaba. «Al principio quema algo en la boca pero pronto se pasa». Lo que no se ha pasado ha sido, me temo, nuestra credulidad en tiempos difíciles. Cuídense, lávense las manos, quédense leyendo en casa. Y tómense si quieren una infusioncita, pero por placer.