Tiempo de locuras

Nigiri en la manos de Félix Jiménez. :: /
Nigiri en la manos de Félix Jiménez. ::

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

El otro día conversaba con el maestro heladero Fernando Sáenz Duarte de la importancia que tiene para La Rioja la concesión de la estrella Michelin a un proyecto tan singular y específico como el de Félix Jiménez. Cocina japonesa en Logroño puede ser algo así como la celebérrima canción de Sabina del torero tras el telón de acero. Sin embargo, todo es posible en un mundo cada vez más interrelacionado. Logroño, la ciudad del heladero loco, que tan magníficamente describió Chapu Apaolaza, y la del cocinero japonés. Un heladero que hace helados de sombra de higuera y un chef de Alfaro que se ha convertido en lo máximo de la cocina pura japonesa en un local de la calle María Teresa Gil de Gárate. Todo es lícito; diría más, todo es necesario si está marcado por la autenticidad, el esfuerzo, la dedicación y la pasión. Fernando no está loco, ni Félix... Ambos han marcado un camino irrepetible por genuino y original pero transitable para todos aquellos 'majaretas' que deseen dar el paso hacia la búsqueda de la excelencia, mucho más allá de la incomprensión, de las modas impuestas, de los resultados financieros al momento y de las disquisiciones que persigan apostar todo a la carta de la vocación.

Por eso es clave el premio para Félix, porque si alguien piensa con esquemas prioritariamente cortoplacistas en su proyecto sería imposible llegar a nada. Sin embargo, si todos esos parámetros se asimilan al valor de los sueños (tangibles, no castillos en el aire) es posible lograr metas sencillamente memorables. Hace unos meses abrió en Logroño un nuevo restaurante llamado Íkaro. Dos jóvenes que, como hizo Félix en su momento, han apostado por esta ciudad para hacer una cocina de verdadera vanguardia, de máximo riesgo, de sabores maravillosos. Acaban de empezar, pero ése es su camino.

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