Al rico pan de pueblo

Al rico pan de pueblo

PABLO GARCÍA MANCHALogroño

Un pueblo es menos pueblo sin su panadería, pero también sin su carnicería y si se me apura sin sus escuelas, aunque eso ya son palabras mayores y dramáticas del abandono que persigue a la España rural desde hace décadas. Como grañonero consorte me asomo a la calle Mayor del pueblo y veo a la gente agolparse en las puertas de la panadería Jesús con sus cuencos de barro donde depositan sus viandas para asar: cordero, cochinillo, conejo, liebre, pollo,... Un sinfín de bocados exquisitos que merced al calor del horno de piedra giratoria de Jesús y Susana se convierten en espectaculares asados perfectos en fondo y forma, porque los ojos de Jesús tienen magia y saben al dedillo cuándo ha llegado ese punto crucial en el que asoma la perfección. Jesús lo sabe y sus clientes también y de ahí la recíproca confianza que se instala en ambos y que parece irrompible por el tiempo. Pero esta panadería ha logrado dar un giro vertiginoso a la panoplia de sus panes y Jesús ha recuperado el honor del pan de pueblo. Sus hogazas lobuladas, sus barras sobadas profundas y las huecas de miga tierna como la nieve. Existe algo de irreverencia hacia lo convencional en instalarse en un pueblo y hacer que la vida de uno y de su familia gire alrededor del compás de la antañona piedra filosofal del horno de la panadería. Jesús y Susana están en el ejemplo mismo de la búsqueda de algo parecido a su lugar en el mundo. Su pan y sus hijos, su calle Mayor, su Camino de Santiago en estas tardes de invierno con la niebla baja y difusa.

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