UN REDUCTO GLOBAL

JOSÉ A. DEL RÍO

Hubo un tiempo no demasiado lejano (o sí) en que la San Juan y algunas de sus recoletas vecinas de callejero conformaban un reducto rancio reservado a los logroñeses de buen vino y mejor bocado que elegían huir de la espesura del bosque humano que la Laurel sin abandonar el incomprendido atractivo del casco viejo de la ciudad. Hasta que, enfilados los 80, una nueva alineación se asomaba a semejante balconada para estrenar su condición de seres universitarios y celebrar la adultez primera tomando-unos-vinos-como Dios-manda.

Seguramente fue la tortilla del Mere el cebo que nos atrajo al otro lado del espejo. Aquellos bocadillos que despachaban los hermanos Egido, Roberto y Alfredo, a ritmo de marcha militar, uno-dos, uno-dos, sin solución de continuidad; aquellas golosinas jugosas de huevo y patata que desbordaban generosas el bollito de pan y que sofocaron nuestra insaciable gazuza. Aquellos matambres fueron, seguramente, la razón primera de que muchos nos iniciásemos en la cofradía del sanjuanismo sin atender la trascedencia que aquella presencia interesada podía tener en el futuro más inmediato de la San Juan y sus ramales parientes. Porque estas calles, la del santo y su travesía, la del Cristo, la del Carmen, la de Ollerías o la del marqués habían conocido tiempos muy mejores y en aquellos 80/90 enfilaban la cuesta abajo resignadas a entonar el gorigori. Saturado el Mere de tanto nuevo hambriento, los que nos asomamos a la barra del Ignacio descubrimos otra forma de atender la tortilla de patata... Una gollería en toda regla que como un milagro surgía de una cocina que se antojaba mínima desde el otro lado del mostrador. Y desde el Ignacio nos fuimos viniendo arriba llegándonos primero al Samaray por sus huevos; luego al García por esa panceta colesterol en vena; y al Torres, y a la Cueva que en gloria esté... Dimos, en nuestra modestia y pobreza juvenil, nuevo aliento y sangre renovada a esas calles que pronto dejaron de necesitarnos y crecieron hasta donde hoy puede contrastar el lector en el papel y el visitante copa en mano (alternativa mucho más recomendable) por la San Juan, ese reducto tan global.

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