«Pavonearse le costó tres botellas»

Carlos Echapresto durante una de sus numerosas catas. :: /Justo Rodriguez
Carlos Echapresto durante una de sus numerosas catas. :: / Justo Rodriguez

El mejor sumiller de España, Carlos Echapresto, le quita hierro al asunto de buscar vinos perfectos: «Hay que probar cosas nuevas, divertirse, salirse de lo habitual»

Sergio Moreno Laya
SERGIO MORENO LAYALogroño

Es el mejor sumiller de España. Es de La Rioja. En concreto de Daroca de Rioja. El jurado de los Premios Nacionales de Gastronomía ha concedido recientemente el Premio Nacional de Gastronomía 2016 al Mejor Sumiller a Carlos Echapresto, del restaurante Venta Moncalvillo. Y le quita hierro al asunto de servir vino a sus clientes. Corren nuevos tiempos cuando se trata de hablar de vinos. Y sienta de maravilla.

-Debo advertirle que esta entrevista va a ser dura.

-¿Y eso?

-Nos mueve la envidia.

-Entiendo. No esperaba menos.

-Como nominados y no premiados finalmente, en Degusta LA RIOJA no podemos encajar con deportividad su éxito.

-Bueno, yo ya fui una vez nominado y finalmente no gané.

-Lo que viene a demostrar que usted es una persona especial. Diría que hasta buena: sirve vino.

-Será por eso.

-Ahora, se les ve a los sumilleres siempre tan serios que uno no sabe cómo tratarles.

-Que va. Eso es un estereotipo, que afortunadamente está cambiando. Antes, el trabajo del sumiller se realizaba en espacios dirigidos a la alta sociedad. De ahí que el comportamiento habitual se viera como más encorsetado. Pero ahora la gastronomía se ha abierto, y el vino también. La gente prueba más cosas, y nuestra labor también se ha hecho más relajada. Al final todo depende del cliente. Hay mucha psicología en nuestra profesión. Debemos saber en todo momento qué tipo de relación quiere establecer nuestro cliente. Hay quien prefiere un trato más relajado y quien mantiene una actitud más distante. Y nos adaptamos a todo tipo de comportamiento.

-Un exconsejero del Gobierno de La Rioja de cuyo nombre no quiero acordarme comentó un día que «este vino huele a sudor de caballo». Y no puedo superar el vacío que dejó en mi corazón. A mi edad y sin saber cómo huele el sudor de un caballo.

-También he oído yo eso de que el vino huele a John Wayne montado en su silla de montar sobre su caballo. Por suerte, el lenguaje alrededor del vino se está relajando. Se habla de forma más coloquial para explicar cómo es un vino.

-Lo importante es comunicarse.

-Pero a tiempo. En una ocasión, un cliente me comentó los aromas de un vino. Lo hizo fantásticamente bien. Me dio todo lujo de detalles. Y se acercó bastante a la realidad aromática de ese vino en cuestión. Solo se le olvidó un pequeño detalle ante el que tuve que intervenir: «Seguro que en cuanto abra la botella podemos confirmar todo lo que ha comentado».

-Explicar un vino adecuadamente aumenta nuestro prestigio social.

-Hay gente que se aprende cuatro frases y las suelta. El problema aparece cuando llegas a la quinta. Ahora, me parece divertido y que le viene bien al mundo del vino. Al final se trata de quitarle mística al asunto. Una vez, otro cliente me llamó porque había vendido la empresa y quería invitar a los compradores a comer en nuestra casa. Me dijo que buscaba un vino especial. Le comenté el vino que se podía adaptar a lo que andaba buscando. Le comenté cómo era este vino por teléfono. Y me encantó que cuando llegaron a la mesa, él mismo se encargó de explicarle a sus compañeros de mesa cómo era ese vino.

-La perífrasis del vino.

-A algunas personas les gusta tirarse el pegote con el vino. Un cliente pidió un Imperial Gran Reserva del 94, el que se tomó en la boda del actual Rey. Iba con cuatro acompañantes. La primera la retiró afirmando que no estaba bien. Le abrí una segunda, y la misma reacción. Las probé en cocina y vi que estaban en perfecto estado. Le dije que quizás la partida había venido en mal estado y que podríamos probar con otra cosa. Pero insistió en el Imperial Gran Reserva del 94. A por la tercera. «Está sí, perfecta», me dijo. Al finalizar la comida me reconoció en privado que las tres botellas estaban bien. Pavonearse ante sus invitadas le costó tres botellas de vino.

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