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'Érase un camarero excelente', homenaje al legendario Sebas de la Laurel

Los responsables del Sebas, junto al consejero Íñigo Nagore
Los responsables del Sebas, junto al consejero Íñigo Nagore / JUAN MARÍN
  • El Sebas recibió este sábado el galardón 'Palillos de honor', un reconocimiento a su trabajo en pro de los pinchos en La Rioja. Jorge Alacid, periodista riojano miembro del jurado, le dedicó este cariñoso homenaje

«Érase un camarero excelente. Érase un camarero que de repente dejaba de serlo. Érase un camarero que sin darte apenas cuenta arrojaba a otro lado el delantal, aparecía a tu vera convertido en cliente y se incorporaba a la tertulia. A veces contaba algún chiste. A veces incluso tenía gracia. Pero todos nos reíamos: nos reíamos con los más divertidos y con los menos, porque su autor los teatralizaba con gran aparato gestual y era inevitable soltar la carcajada, mientras nos preguntábamos quién nos despacharía el siguiente vino y quién nos serviría de nuevo el pincho de tortilla porque él se resistía a volver a su sitio. Porque érase una vez un camarero excelente que se llamaba (y se llama) Sebas, el mejor de su generación. O al menos, el más simpático. Sobre todo, si eras chica.

Bienvenidos al reino de la simpatía por arrobas, al imperio de la autenticidad. Bienvenidos a los dominios de Sebas, legendario cofrade de aquella calle Laurel de antes, la calle de toda la vida. Donde todo el mundo se conocía por su nombre. Y si no te acordabas, valía con llamarte chiguito. 'Chiguitos, qué os pongo' vociferaba Sebas. Y entonces sí. Entonces uno notaba que ingresaba en la edad adulta y por lo tanto ya era merecedor del mismo tratamiento que Sebas reservaba al resto de parroquianos, que te miraban asintiendo: ya eras uno de ellos. En consecuencia, te era otorgado uno de los muchos dones que Sebas repartía por su territorio: te cantaba una jota. Sobre todo, si eras chica.

Camarero, jotero, catedrático en la universidad de la vida. Cliente espontáneo de su propio bar y del resto de hermanos en la misma religión de la calle Laurel: a Sebas le pasaba como a todos nosotros, que a veces te aburres. Y entonces se iba, dejaba un rato la barra indefensa y luego te lo tropezabas convertido en miembro de la clientela de cualquier bar cercano. No era extraño que alguien se lo advirtiera, Sebas cayera en la cuenta y retornara raudo sobre sus pasos, excusándose ante el cliente que le aguardaba solitario a su modo: contándole un chiste. O cantándole una jota. Sobre todo, si eras chica.

Así que larga vida a Sebas, larga vida a su bar y larga vida a la calle Laurel. A la actual y también a la genuina que le tuvo entre sus príncipes. La calle donde un camarero podía ser uno y trino: camarero, desde luego, pero también cliente, confidente de su parroquia y psicólogo de guardia. Ese tipo de camarero de gran clase que administraba con sabiduría sus pócimas benditas: daba algo de conversación, un poco de vino, cuarto y mitad de tortilla y una sobredosis de simpatía. Y hoy, cuando su bar sopla cincuenta velas, sus clientes que no le olvidan le deseamos lo mismo: le deseamos lo mejor. Buen vino, mejor tortilla y un poco de conversación. Que su bar cumpla otros cincuenta años sin perder la sonrisa. Y que de vez en cuando nos visite y nos cante una jota.

Aunque no seamos chicas..»

Por Jorge Alacid, coordinador de ediciones de Diario LA RIOJA y miembro del jurado.

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