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Ahogar las penas: el alcohol en 'Tiempo de Silencio'

Ahogar las penas: el alcohol en 'Tiempo de Silencio'
  • Luis Martín-Santos permite al lector entrar en la personalidad de los personajes y los efectos del alcohol

La literatura española cuenta con un amplio elenco de novelas que recrean la España de posguerra. Algunas de ellas centran su atención en la vida de los jóvenes intelectuales -escritores, científicos, artistas...-. Estos disidentes solían combatir, en una atmósfera represiva, las vicisitudes de la época en un lugar público como un café o una taberna. Sin embargo, esos espacios marcan una diferencia de clase. Cada una tiene su lugar de encuentro, sus costumbres particulares y un paladar habituado a unos elixires propios.

Este hilo conductor es una de las múltiples perspectivas desde la que se puede analizar 'Tiempo de Silencio', del escritor Luis Martín-Santos. La obra se publica en 1962, salvo algunos fragmentos que no lograron sortear la censura y no se incluirían hasta años más tarde. Es una época en la cual los presupuestos realistas ceden paso a una realidad fragmentada y a un estudio psicológico de los personajes. Esta estética literaria, sumadas a la formación de Martín-Santos como psiquiatra, permiten al lector entrar en la personalidad de los personajes y poder comprobar los efectos que el alcohol produce en ellos.

Pedro es un médico que lleva a cabo una investigación con ratones procedentes de Estados Unidos sobre las causas que provocan el cáncer. Cuando por falta de presupuesto dejan de llegar al laboratorio, la solución pasa por encargar estos ratones a una familia del suburbio madrileño. El Muecas, dueño de la chabola, pide ayuda a Pedro para remediar un aborto ilegal que le han hecho a su hija Florita. Pero el médico llega demasiado tarde. El Cartucho, otro habitante del extrarradio, culpa a Pedro de la muerte y más tarde hace un ajuste de cuentas matando a Dorita, la pretendiente de Pedro y nieta de la pensión donde el médico se aloja.

El alcohol está presente en el mosaico social, amplio y desigual, del Madrid de finales de los cuarenta. Los cafés, bares y salones, así como las bebidas y rituales se convierten en elementos de identidad de las diferentes clases sociales.

Los jóvenes, reacios al ambiente cultural hostil, se reúnen para beber café o ginebra y alargan sus tertulias con un vaso de agua, cortesía de la casa, que intentan hacer interminable. En los cafés se filtraban las corrientes políticas foráneas y se criticaba, en voz baja, el malestar del momento. Asimismo, el autor caricaturiza a los personajes «borrachos que dimiten de la realidad», al estilo de Valle-Inclán.

En las tabernas y los bares se sirven bebidas de raigambre más popular mientras que la clase burguesa alardea de cristalerías sofisticadas en sus salones. Por otra parte, en los confines de la ciudad, entre las chabolas, aparecen bares autoconstruidos que ayudan a los más desfavorecidos a olvidar sus penas. Además, el alcohol está presente en las juergas nocturnas de los jóvenes que se embriagan movidos por la rebeldía. Estos continúan sus paseos a través de las «tabernas litúrgicas» donde dejan brotar sus extravagancias. En este recorrido, Pedro y sus amigos se detienen en un prostíbulo donde, en un estado desinhibido bajo los efectos del alcohol, dejan fluir las ideas del subconsciente. No en vano doña Luisa, la propietaria, les pregunta: «pero, ¿por qué ustedes beben tanto?».

El periplo culmina con unos tragos de anís, coñac y aguardiente en los puestos ambulantes. En ese momento, el joven médico, sumido en un estado de angustia, en medio de sentimientos negativos contradictorios, reflexiona: «No estoy borracho, nunca llegaré a saber vivir». Estas palabras permiten al lector penetrar en el pensamiento del personaje y en los conductos del inconsciente; un drama interno que solo se puede se puede expresar bajo los efectos del alcohol.

Pedro intenta disminuir su angustia bebiendo todavía más alcohol. En un alto estado de embriaguez llega a la pensión, un lugar que simboliza la decadencia de una familia venida a menos. Ahí se dirige a la habitación de Dorita; su estado de alucinación le impide vivir con plenitud el acto sexual. Erotismo y embriaguez le infunden en un mar de dudas: «¿Es esto el amor?». Horas después, Pedro vuelve a su habitación y deja que la borrachera desaparezca.

A lo largo de la obra el alcohol está presente en los diferentes espacios novelescos, diríase que forma parte de la crítica social de la obra. Al tiempo que explora la conducta humana y los efectos del alcohol en el individuo, Martín-Santos inaugura nuevas técnicas narrativas y obtiene una novela con múltiples rostros. Uno de ellos es la importancia del alcohol en la representación de unos personajes simbólicos de un 'Tiempo de silencio'.

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