La galleta de Trafalgar

Una imagen de la galleta subastada. :: r. c./
Una imagen de la galleta subastada. :: r. c.

Una casa de subastas vende un bizcocho de 1805, muestra del triste rancho que recibían antiguamente los militares

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

El 21 de octubre de 1805, frente a la costa de Los Caños de Meca, la armada británica derrotó a la flota franco-española en la que sería una de las batallas navales más importantes de la historia. La victoria del almirante Nelson en Trafalgar fue decisiva en el desarrollo de las Guerras Napoleónicas y supuso el inicio de la hegemonía inglesa sobre los mares; se ha contado en novelas, películas y documentales, se han escrito miles de libros sobre ella y sus protagonistas, pero no habíamos visto nunca qué es lo que comían los marineros que participaron en la contienda.

Ahora podemos hacerlo gracias a un militar británico que atesoró como recuerdo de sus glorias navales una simple galleta. Thomas Fletcher, suboficial de artillería, luchó aquel fatídico día de octubre alimentando los cañones del navío de línea HMS Defence y, lo que es más importante, vivió para contarlo. Escribió detalladamente su experiencia en un diario personal junto al que guardó otros recuerdos de Trafalgar como medallas, poemas, listas de bajas y, curiosamente, una galleta del rancho que recibían los marineros. Tal trozo comestible de historia se heredó, guardado como oro en paño, de generación en generación hasta 2005, cuando se vendió a un coleccionista particular que ahora nuevamente lo saca a subasta en Londres. Por un precio estimado de unos 3.000 euros pueden ustedes hacerse con la mítica galleta que -ya les aviso- desgraciadamente no está en condiciones de ser ingerida: petrificada por el paso del tiempo y parcialmente rota, nos sirve sin embargo como testimonio de las antiguas condiciones alimenticias de los marinos y militares en general.

Si estaban pensando ustedes que no está nada mal eso de comer galletas antes de enfrentarse con el enemigo, andan equivocados. La galleta de Fletcher, de doce centímetros de diámetro, tiene más o menos el mismo poco apetitoso aspecto ahora que hace doscientos años, cuando era el sustento principal de marineros y soldados. Puede que ahora entendamos «galleta» como sinónimo de elaboración dulce, pero hasta finales del siglo XIX galleta (del bretón kálet, duro) era el pan de munición que se daba a la tripulación y pasaje de las embarcaciones, que se distinguía del normal en que no llevaba prácticamente levadura y había sido cocido dos o más veces. Mucho antes que galleta, término usado desde el XVIII, recibió otro nombre también relacionado actualmente con la repostería: bizcocho. El origen de esta palabra está precisamente en la doble cocción (panis bis coctus, en latín) que sufría la masa, la clave para que el pan perdiera su humedad y pudiera consumirse y almacenarse durante un largo período de tiempo.

Las galletas o bizcochos de mar eran, debido a su poco peso, gran sustento y amplia durabilidad, el alimento básico en los barcos que hacían largas travesías. Duros como una piedra y secos como la mojama, los 'vizcochos' o 'biscochos' ya figuraban entre los mantenimientos de la flota española en el siglo XIV. Diego de Valera (1412-1488) aconsejaba tener a bordo, por hombre y ración diaria «una libra de viscocho e un azumbre de vino, e de carne o pescado a tres onbres dos libras, algunas vezes pueden pasar con queso e cebollas e legunbres e semejantes cosas de que los navíos deben ir siempre mucho fornecidos, no olvidando el azeite e vinagre, que son dos cosas mucho necesarias en la mar» (sic). También mencionan los bizcochos las 'Siete Partidas' de Alfonso X como avituallamiento, ya que eran «pan muy liviano que se cuece dos veces y dura más que otros». De bizcochos iban repletas las naos de Colón cuando salieron rumbo a lo desconocido o las de Magallanes, preparadas para dar la vuelta al mundo.

En el siglo XVII se empezó a diferenciar entre el bizcocho de galeras, triste sustento de los forzados, y el bizcocho regalado o dulce, que evolucionó en lo que hoy en día conocemos como postre. Aparte del nombre común, nada tenía que ver uno con otro: la versión marinera, hecha para durar meses e incluso años, llevaba únicamente harina, sal y agua. No solamente era insípida y dura debido a su lenta y repetida cocción, sino que además tendía a pudrirse debido a la humedad y las plagas. Gorgojos, gusanos y cucarachas se daban festines con aquellas galletas de mar, convirtiendo el momento de la comida en un banquete nauseabundo. En 1805, el mismo año de la batalla de Trafalgar, publicaba el cirujano gaditano Pedro María González el 'Tratado de las enfermedades de la gente de mar', hablando extensamente de los bizcochos de galera y los problemas que acarreaban: «La menor humedad, introducida en los pañoles del bizcocho o galleta, penetra estas substancias, las reblandece, y obrando de concierto con el calor continuo, las altera y corrompe. Los insectos [...] se alojan en ellas, crecen, procrean, las devoran y destruyen, convirtiendo su textura interior en unos asquerosos receptáculos de sus excrementos y numerosa posteridad. ¿Cuántas veces no se ve el marinero en el caso de vencer su repugnancia a impulsos de la necesidad?».

Seguramente no les extrañe tanto ahora que Thomas Fletcher decidiera no comerse su galleta y la guardara para la posteridad. Si se animan y tienen tres mil euros sobrantes por ahí, pueden pujar por ella el 9 de mayo en la casa de subastas Dix Noonan Webb.

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