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Una vida en dos bares

Una vida en dos bares
  • Alfonso Del Lucans a su local en la calle Villegas. Retrato de un camarero del Logroño de toda la vida, que defiende una manera propia de ejercer el oficio

Hora del aperitivo en la calle Villegas. La parroquia ingresa en el bar sin cesar, aunque diseminada. Una pareja de sesentones acompaña el cafelito con la ingesta de los deliciosos pimientos rellenos, como si fueran pasteles. Llegan también clientes solitarios a acodarse a la barra, endulzando el vino con la prensa del día. El jugoso tentempié florece tentador allá al fondo de la barra: torreznos y choricillo. Bajo la vitrina brillan otras golosinas: bacalao en aceite, anchoas rebozadas, raciones de pulpo. Afuera se arraciman al sol del mediodía los feligreses recién salidos del rezo en la mezquita. El nuevo Logroño y el Logroño de toda la vida comparten metros cuadrados.

El Logroño castizo, en fin. Uno de cuyos embajadores ingresa ahora por la puerta del bar que defiende desde hace 16 años en este rincón de la ciudad. Es Alfonso Fernández García, jefe de todo esto. O jefe a medias: como un ángel tutelar, su esposa Elena sigue cada uno de sus pasos. Entra y sale de la cocina en un incesante trasiego de cazuelitas, atiende a cada cuadrilla y es posible que hasta se ría con los chistes de Alfonso. Que dispara por cierto su ingenio con la velocidad y el tino de quien lleva desde siempre, desde que tiene memoria, ejerciendo como camarero. Un camarero de sólo dos bares: el Lucans añorado donde se bautizó en el oficio, el Mesón Alfonso que lleva su nombre y defiende con maestría. Con la sabiduría propia de quien sabe que este tipo de bares, antaño tan comunes, representan hoy casi una rareza en el Logroño contemporáneo: un bar festoneado de mesitas para ese bocado que exige todo vermú cabal y en condiciones, ese asiento para las meriendas de media tarde... que pueden durar hasta bien entrada la noche.

Y, por supuesto, sirven para atacar ese reconfortante platillo de morros que le ha concedido merecida fama. «Morros, no», aclara raudo Alfonso. «Careta». «Que no es lo mismo», subraya. Careta suministrada desde la factoría de Alejandro Miguel, añade luego de carrerilla. Porque en el buen olfato para aprovisionarse de productos de garantía cifra nuestro hombre el éxito que distingue a su bar. En realidad, se trata de una enseñanza adquirida en sus lejanos tiempos de encargado del Lucans, la barra inmemorial alojada en avenida de Portugal, escenario en comandita con el Llacolén vecino de inolvidables aperitivos, largas mañanas consagradas al cafelito, partidas de naipes interminables a mayor gloria del café, copa y puro.

Nacido en Santa Cruz de Yanguas, un pueblito de Soria cercano a la frontera con La Rioja, Alfonso García desembarcó en aquel Lucans memorable para adiestrarse en esta profesión que sigue ejerciendo con parecido magisterio. Había fundado el legendario bar la alianza formada por Agustín Cañas y Luis Azcona, quien agregó a la primera sílaba de su nombre el apellido de su socio para bautizar así el local mítico, que dispuso de una fecunda vida. Fue la academia donde Alfonso vio pasar la vida imantada a los apellidos propios de ese Logroño: los Entrena, Mato, Reboiro, Baños... Los años en que Rafa Castejón ejercía de limpiabotas y catedrático en psicología, los años de la celebérrima gamba rebozada que algún cliente pedía desde la puerta. Los años de Viña Salceda, que entonces no era un vino más: era EL vino, recuerda Alfonso. EL vino de toda una época en Logroño.

De aquel tiempo, Alfonso rescata una palabra. La palabra gracias. Se siente de verdad agradecido a sus compañeros, a sus jefes y a sus clientes, alguno de los cuales le acompañó hasta la calle Villegas cuando, luego de 28 años en aquel mítico local del centro de la ciudad, abrió su propio negocio. Si tenía dudas sobre el porvenir de semejante aventura, pronto se disiparon. Alfonso atrapó una clientela fiel, «que son más amigos que clientes», confiesa. Una clientela con nombres y apellidos que de algo le sonarán al improbable lector: el exconsejero Luis Alegre («Es un fenómeno, viene casi todos los días»), el diputado César Luena y unos cuantos personajes más del Logroño de siempre que se dejan caer por aquí atraídos por la impagable buena mano que Elena acredita en la cocina y el trato distinguido que Alfonso garantiza a su parroquia.

Y sus bandejas de morros, por supuesto. Perdón: de careta. Un suculento bocado despachado a la brasa... que encierra algún misterio. «Algo hay, algo hay», sonríe nuestro hombre, refractario a compartir sus secretos pero pródigo en agradecimientos, como se ha dicho: «Sólo puedo dar las gracias a todos mis clientes pero sobre todo a los jóvenes, es algo asombroso: cuando tuve que cerrar el bar porque estaba de baja me paraban por la calle y todo». ¿Se emociona Alfonso? Pudiera ser.

Y haría bien. Porque en este tipo de ingredientes sentimentales se deposita la magia de bares como éste, donde tratan de tú a todo cliente, donde uno se reconcilia con aquellos años en que no era tan extraño este universo cañí y placentero, donde se llama a las cosas por su nombre. Bares auténticos y un recetario como los de antes, servido con esa clase de profesionalidad antigua tan añorada. Dignidad y decoro. Y un leve manto de ironía, el buen humor propio de un camarero castizo que nunca debería faltarnos. ¿Conclusión? Habla Alfonso: «Esto es lo que hay. Cualquier tiempo es mejor que el pasado».

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