COCINEROS Y TELEVISIÓN

CARLOS MARIBONA

La pasada semana nos llegaba la noticia del suicidio del cocinero Anthony Bourdain, reconvertido desde hace algunos años en escritor y estrella de la televisión. Un neoyorquino que comenzó como cocinero en un bistrot situado en Park Avenue llamado Les Halles hasta que se hizo famoso con la publicación de su primer libro, 'Confesiones de un chef', obra autobiográfica en la que narraba de forma despiadada el mundo de las cocinas de los restaurantes. Llegarían luego más libros, pero sobre todo llegarían sus programas de televisión. Primero en canales gastronómicos y de viajes, y en los últimos años en la CNN con 'Parts Unknown', viajó por todo el mundo describiendo cocinas y acercando a los espectadores a formas de comer menos conocidas.

Siempre ácido, irreverente, me identifico con esta frase suya que debería estar grabada en la cabecera de todo aficionado a la comida: «¿De verdad queremos viajar sellados de forma hermética en papamóviles, recorrer las zonas rurales de Francia, México o el Extremo Oriente y comer sólo en Hard Rock Café o en McDonalds? ¿O queremos comer sin miedo, adentrarnos en el guiso local, en la carne misteriosa de una taquería humilde, en el regalo sincero de una cabeza de pescado ligeramente asada? Yo sé lo que quiero. Lo quiero todo. Quiero probarlo todo a la vez».

Bourdain era un gran enamorado de España. Admiraba a Ferrán Adriá y a Juan Mari Arzak, pero también recorrió bares de tapas y tabernas en Andalucía y visitó restaurantes de todo el país. Hace apenas dos meses estuvo en Asturias, acompañado de su amigo José Andrés, para grabar un episodio sobre la gastronomía del Principado y sus productos. Siempre buscando las raíces, lo auténtico, probó mariscos, pescados, quesos o sidra. Comió en Casa Lin, en Avilés, se acercó a los acantilados del Cabo Peñas para filmar el trabajo de los percebeiros, y participó en una popular espicha en el llagar de Sidra El Gobernador, en Villaviciosa.

Me gustaban (me gustan) los programas de Bourdain. Una forma perfecta de acercarse a la gastronomía de una forma viva, natural, desenfadada y auténtica. Qué lejos de esos shows con los que nos castigan algunas televisiones en España. Puro espectáculo, con personajes seleccionados en cuidados casting, alejados de la auténtica realidad de la cocina. Por no hablar de esos otros, bien ajustados a un guión, que descubren las miserias de algunos restaurantes a mayor gloria del cocinero-presentador.

Hay, sí, algunos programas más serios, en los que los cocineros aportan conocimiento a los espectadores, pero son pocos. A mí, de mayor, me gustaría ser como este neoyorquino transgresor y sincero.

 

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