ALIANZA ENTRE EL VINO Y LA COCINA

PABLO G. MANCHA

No podemos vivir de espaldas a lo que está sucediendo en La Rioja gastronómica y la pequeña revolución que provoca la concurrencia de personajes, ideas, proyectos y sueños que se citan en torno a la cocina y el vino en una región que no puede ni debe olvidar que es conocida en el mundo por estar íntimamente ligada a su líquido elemento. La cocina de La Rioja vive sumida en un efecto multiplicador que había comenzado antes de la crisis pero que se frenó en seco a finales de la década pasada por el efecto devastador del desplome absoluto de la economía. Por el camino se quedaron varios proyectos gastronómicos interesantísimos que hubieran sobrevivido en otras circunstancias pero que fueron arrollados por la conjura de los necios de aquel terrible batacazo. También se paralizaron otros y sólo locos como Francis Paniego se atrevieron a apostar por Logroño en un momento de dura y absoluta desbandada. Nació Tondeluna, que navegaba en solitario entre las nuevas apuestas de una ciudad que parecía haberse atascado en un único modelo que estaba aparejado con la tradición y que cuenta con varios espacios emblemáticos conocidos y admirados por todo el mundo, verdaderas referencias del buen comer. Pero había un vacío que sólo Tondeluna se atrevió a desafiar y como lo hizo con éxito -a pesar de los inevitables agoreros que creen que todo va a salir mal-, varios jóvenes empresarios y cocineros más dieron el salto de la creatividad a los números y a las aperturas con riesgo para su futuro y sus tarjetas de crédito. Y vendrán más, alguno de ellos muy pronto. Logroño ha cambiado radicalmente su faz gastronómica con la novísima oferta de restaurantes como Kiro, Íkaro o Ajo Negro, lugares de culto donde el riesgo de la vanguardia viene acompañado también por la pasión de sus jóvenes chefs de buscar caminos inesperados que hasta hace unos años parecían prohibidos para una ciudad como la nuestra. Esta cocina demanda un servicio, un vino y lleva a aparejada un cliente con criterio que siempre pide más en todos los ámbitos. Estamos ante una oportunidad única para La Rioja, para la emblemática alianza entre el vino y sus bodegas y la gastronomía y sus restaurantes. La cocina es la mejor embajadora para el vino; los sumilleres, las cartas, los platos pensados para ser disfrutados con la presencia cada vez más estudiada y más exquisita del vino marcan las pautas de la cocina contemporánea en el mundo.

La Rioja tiene la obligación de situarse a la cabeza de este movimiento y las bodegas han de actuar con generosidad para que los restaurantes propongan aventuras gastronómicas con el vino como inspiración.

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